El escolanet de Montserrat que triunfa en escenarios de todo el mundo

Hay trayectorias artísticas que parecen escritas con una mezcla perfecta de tradición, disciplina y una vocación que desborda cualquier expectativa. La historia del joven artista catalán que pasó de ser escolanet de Montserrat a llenar escenarios internacionales es una de esas que recuerdan por qué la música, cuando nace desde un lugar tan profundo, es capaz de traspasar fronteras y generaciones. Su salto desde el imponente monasterio benedictino hasta las luces de auditorios de Europa, América y Asia no solo refleja un talento extraordinario, sino también la huella imborrable de una formación que él mismo describe como “el cimiento de todo”.

Ser escolanet no es una experiencia cualquiera. Los que han pasado por la Escolania de Montserrat lo explican como una combinación sorprendente entre infancia, espiritualidad y un nivel de exigencia artística al alcance de pocos. Vivir entre montañas, cantar a diario frente a visitantes de todo el mundo, convivir con otros niños músicos y mantener una rutina casi monástica a una edad en la que la mayoría solo piensa en juegos crea un carácter singular. Para este cantante, esa etapa fue un molde. “En la Escolania aprendí unos valores que me han acompañado siempre”, asegura cada vez que le preguntan por su origen artístico. Y no lo dice como un eslogan: lo afirma con la serenidad de quien sabe que su disciplina, su ética de trabajo y su sensibilidad musical nacieron allí.

Su éxito actual no fue una explosión repentina, sino una carrera cuidadosamente construida. Tras dejar Montserrat, estudió música moderna, exploró géneros, formó parte de pequeños coros profesionales y se mudó a distintas ciudades buscando nuevos horizontes musicales. Pero incluso cuando experimentaba con estilos urbanos o producciones contemporáneas, siempre había un eco de aquellos cantos litúrgicos que tanto marcaron su infancia. “La música coral te enseña a escuchar antes que a cantar”, suele decir. Y es quizá esa escucha activa —esa capacidad de afinar con otros, de respirar juntos, de respetar el silencio— lo que ahora aplica en producciones que poco tienen que ver con la música sacra pero que mantienen la elegancia y la precisión aprendidas en Montserrat.

El público internacional lo ha recibido con entusiasmo. Sus conciertos, que combinan arreglos modernos con una voz extremadamente pulida, llaman la atención por su capacidad para emocionar sin necesidad de artificios. En varias entrevistas ha explicado que uno de sus mayores temores al dejar la Escolania era perder la autenticidad que sentía al cantar en un entorno tan espiritual. Con el tiempo descubrió que esa autenticidad no dependía del lugar, sino de la conexión emocional con la música. Y eso, más que cualquier técnica, es lo que hoy atrae a sus seguidores.

Lo fascinante es que, mientras triunfa lejos de casa, nunca se despega del todo de Montserrat. Ha participado en proyectos que homenajean la tradición coral catalana, ha grabado piezas clásicas reinterpretadas y siempre que puede vuelve al monasterio, no como artista invitado, sino como antiguo alumno agradecido. “Volver a Montserrat es como volver a respirar la primera vez”, explica. Allí se reencontró con antiguos maestros, que ven en él una confirmación de lo que lleva décadas sosteniendo la Escolania: que no solo forma músicos excepcionales, sino personas con un sentido profundo de compromiso y sensibilidad.

Su historia también ha dado visibilidad a una institución que, aunque famosa, sigue siendo un misterio para muchos. La Escolania de Montserrat no es solo un coro: es una escuela de vida. Y él, con su éxito internacional, se ha convertido en uno de sus mejores embajadores, demostrando que lo aprendido entre aquellas paredes tiene valor universal.

Hoy su futuro parece tan prometedor como diverso. Está trabajando en nuevos proyectos que mezclan electrónica con armonías corales, colaboraciones con orquestas europeas y una gira que lo llevará por primera vez a Latinoamérica. Pero, por más escenarios que conquiste, por más géneros que explore, hay algo que permanece intacto: la convicción de que el niño que cantaba en Montserrat sigue dentro de él, guiando cada paso, cada nota y cada decisión artística.

Y quizá por eso su historia conecta tanto: porque muestra que incluso en un mundo musical cada vez más fugaz, aún existen voces que nacen del silencio, de la montaña y de un lugar donde la música no se aprende solo para brillar, sino para vivirla.